21 Mar
21Mar

La Biblia nos enseña que todo nuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— debe ser guardado irreprensible. Así como cuidamos nuestro cuerpo por ser templo del Espíritu Santo, también debemos prestar atención a nuestra alma, que muchas veces se enferma de manera silenciosa.
Cuando el cuerpo se enferma, hacemos todo lo posible por sanarlo: invertimos tiempo, dinero y esfuerzo. Sin embargo, no siempre actuamos igual con el alma. El resentimiento, la amargura, el orgullo, la envidia y la tristeza son enfermedades internas que afectan profundamente nuestra vida espiritual, alejándonos de Dios y robándonos la paz y el gozo.
A diferencia de las enfermedades físicas, que tienen múltiples tratamientos, el alma tiene un único especialista: Jesucristo. Para recibir sanidad, es necesario reconocer lo que nos hiere, ser sinceros delante de Dios, aceptar nuestra necesidad de ayuda y buscarle a través de la oración y la Palabra.
Aunque una enfermedad física puede limitar nuestras actividades, no impide nuestra comunión con Dios. Pero un alma enferma sí puede alejarnos de su presencia. Por eso, cuidar nuestra vida interior es esencial para vivir plenamente y mantener una relación genuina con Él.
Sanar el alma es abrir el corazón a Dios y permitir que Él transforme nuestro interior, guiándonos hacia una vida en paz y en comunión con Él.

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